30 noviembre 2009

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"Besa todas y cada una de esas lágrimas y haz que pare, por favor."

26 noviembre 2009

Y tal. Pf.

"Se me acaba el aire. Se me acaban los recursos. Se terminan las palabras y las pocas que hay se me quedan enganchadas entre los dientes. Se acabaron las sonrisas y los momentos. Duele el pecho de una forma horrible y no hay manera de sacar aquello que pincha tanto.

Las mascaras se caen solas y todo pierde el sentido. No eran más que mentiras piadosas. Ya ves tu que bien.

Lo peor de todo es sorprenderme a mi misma aovillada en la cama pensando en qué puede haber ido mal, en que momento se perdió la magia, en que momento se fue todo a la mierda."

25 noviembre 2009

Sutura.

Muchos años con demasiadas mentiras. Y duelen. No hacía falta.

Y tal...

“Tengo unos ojos guardados en algún rincón de la habitación. Tengo unos ojos llenos de versos que se esconden detrás de fríos muros de hielo. Unos ojos que cambian miradas sin previo aviso. Que hieren sin sentido. Tengo unos ojos perdidos que lloran dolor por cada rincón. Tengo otros repletos de alegrías. Tengo muchos ojos que observan, escuchan y callan. Que se llenan de todo y se hinchan, rojos. Tengo unos ojos llenos de palabras que esperan a ser escupidas.

Tengo unos ojos llenos de besos.”

...

Odio cuando siento que me falta algo que no debería.

24 noviembre 2009

Sí, Ella de nuevo.

Se sentó en un banco. Las hojas crujieron bajo sus pies. El otoño estaba realmente avanzado y se preguntó qué día debería ser exactamente. Los arboles pasaban frío y miraban con recelo todo el manto de colores que cubría el suelo con ojos inquisidores. Ella se alegró de tener la bufanda bien anudada.

Había llegado demasiado pronto, una media hora antes de lo que tocaba y además se había dejado el libro. Se dejó caer en el respaldo de ese banco mal pintado y astillado y simplemente contempló la calle sin prestarle una atención demasiado especial. El aire revolvía las hojas de un modo bastante violento y se le caían encima algunas extraviadas. Parecía metralla.

Las manecillas del reloj se burlaban de ella quedándose muy quietas, y cada vez que se miraba la muñeca le sacaban la lengua. Como una niña pequeña Ella también le sacó la lengua al reloj.

Ensimismada con todo ese ambiente rojizo se reprendió a si misma por no llevar una cámara encima, era un paisaje realmente bonito. Olía a Octubre, a humo de leña, a las castañas tostadas de dos calles más allá. La gente que paseaba por allí parecían borrones que distorsionaban el espectáculo y los perfumes demasiado dulces de las señoras del banco de al lado le hacían arrugar la nariz.

El sol andaba un tanto cabizbajo y pensó que ya había pasado demasiado rato, que estaría a punto de dar la hora acordada. Se puso nerviosa.

Miró el reloj de forma disimulada, por el rabillo del ojo, a ver si así esas estúpidas manecillas dejaban de joderla y le enseñaban la hora exacta. Le pareció que quedaban 5 minutos. Se ocultó detrás de sus grandes gafas de sol aunque no las necesitaba realmente, era más bien un simple instinto. Rebuscó el tabaco por el bolso, pero estaba lleno de cosas inútiles y con esos jodidos guantes no había manera de encontrar absolutamente nada. Lo dejó en el suelo y lo abrió todo lo que pudo. Concentrada en esa simple tarea no pudo ver los pies que se le acercaban hasta que ya estaban demasiado cerca. Los miró detenidamente, esas deportivas tenían un cordón roto. Sonrió y sin dejar de mirar al suelo dijo: “Por fin estás aquí”.

23 noviembre 2009

Tres, dos, uno...

Que alguien me pegue un tiro. Necesito que se me pase la tontería de golpe.

20 noviembre 2009

Ella otra vez.

Cuando abrió el libro se puso a temblar. Ella sabía qué iba a encontrar allí dentro pero jamás se habría imaginado el tamaño de tanta palabrería.

Las letras se entrelazaban unas con otras formando figuras distorsionadas. Bellas al fin y al cabo. Palabras utópicas y sentidas, con trazos inseguros y lentos. Con una tinta descolorida que descosía los finales de las frases del papel. Leyó minuciosamente cada una de las páginas buscando historias que no se contaban directamente, buscando espacios en blanco llenos de vida. Quizá la persona que escribió los textos dejó entretejido un libro adicional solo apto para ojos más atentos. Quizá para sentimientos más atentos.

Escribía sin decirlo sobre largas noches. A Ella le pareció que eran noches de invierno xq las palabras tenían un matiz azulado y xq las hojas desprendían ese perfecto olor a frío. Noches eternas delante de televisores medio estropeados que emitían imágenes imperfectas y nubladas. Hablaba de momentos suspendidos por atmósferas cargadas de olor a madera quemada mezclados con el olor dulzón de la miel en un té verde con menta. Narraba sobre miradas a la nada, sobre ceniceros llenos de vida consumida, sobre unos pies descalzos congelados.

Escribía sobre el aire que se colaba por debajo de las puertas y los escalofríos que recorren la espalda. Hablaba sobre esas cosas minúsculas que se asientan en el estomago...

Cerró el libro. Ella había entrado en unas palabras inexistentes que se apoderaban de su cabeza más de la cuenta. No era el momento. Eso de leer entre líneas no era una buena cosa, además, por norma general siempre solía equivocarse.

¿Por qué no podía leer simplemente lo que estaba escrito, en vez de intentar buscar historias donde no las había?.

18 noviembre 2009

Asquito.

Mi casa huele a brocoli y me da mucho asco.

Gotas

Hacía muchos días que llovía. Empezaba a ser un poco cansado eso de mirar por la ventana y ver un diluvio a cualquier hora. Llevaba casi dos semanas enteras cayendo agua sin parar y por mucho que le gustasen los días lluviosos eso era demasiado.

Había agotado toda la reserva de libros que tenía en su biblioteca particular y escribir no le servía de mucho. Prefería evadirse con las historias de los demás antes que ver narrada su propia, digamos, mierda.

Se iba la luz a cada momento, y las velas se estaban acabando. En algún momento tendría que salir a por más, pero si el tiempo seguía así sería un poco difícil. Los caminos llenos de barrizales no facilitarían para nada el trayecto, y quedarse tirada en medio de la nada no era una idea muy apasionante.

La cobertura del teléfono móvil era bastante inexistente, y la línea del fijo estaba cortada por culpa de los relámpagos. "Esto es tercermundista" se dijo a si misma. El tintineo de los palos de bambú de la puerta de entrada empezaba a ser desquiciante, y el estruendo de las gotas que se estampaban contra el techo de latón del garaje se sumaban a esa mezcla de ruidos constantes. Igual que el tic-tac de un reloj en la noche, el sonido de todo esto la absorbía y hacía que todos sus pensamientos se centrasen en ello. Había pocas cosas que odiaba, esta era una de ellas.

En ese momento todo lo que hacía estaba a merced de esos ruidos, y no lo soportaba. Al fin y al cabo, el reloj lo puedes tirar contra una pared.

Encendió un cigarrillo y se puso los cascos del mp3, poniendo el volumen a toda leche. Quizá escuchando música muy alta dejaría de pensar en todas esas cosas insignificantes.

El día fuera de las ventanas de la habitación era el mismo todavía. De hecho, no podía decir exactamente qué día de la semana era. Quizá todavía era el mismo lunes 8 días después. Quizá el tiempo se había parado y se había quedado atrapada en él, atascada. Seguramente se habría quedado suspendida en un espacio-tiempo relativo. Tal vez insignificante. Tal vez infinito.

Posiblemente se habría perdido en un nudo temporal, en donde las horas se sucedían unas a otras sin motivo y sin sentido. En donde ese cigarrillo era siempre el mismo, y todos esos libros amontonados eran en realidad uno solo repetido. Quizá la lluvia no era más que una simple gota duplicada, clonada y esparcida a lo largo de su campo visual, creando una ilusión óptica muy bien lograda. Podría ser que, simplemente, la imaginación la hubiese dejado estancada en su habitación sin poder moverse.

Cuanta tontería.

Pero mirando el lado positivo, de ese modo no tendría que salir a comprar las malditas velas.

16 noviembre 2009

SinZapatosDeBaile

Bailarina tenía un mal día. Que raro. Tenía siempre esa jodida manía de liarse solita y hacer una montaña gigantesca de una simple palabra sin más intención.

Tan susceptible como de costumbre,vaya.

Se quejaba del mundo, y de esa manía por destruir los sentimientos con letras perdidas y mal escritas. Decía que se había perdido el sentido justo de escuchar y que la gente creaba en su mente conversaciones que jamás habían existido. Todo por simple conveniencia.

Bailarina pataleaba cual niña pequeña, repiqueteando sus zapatos contra el suelo, con esa mueca de enfado más graciosa que amenazadora.

Le gritaba a la vida. Se le escapaban susurros ensordecedores mientras escupía palabras estudiadas. Todo desde sus adentros, desde muy al centro. Y lo proyectaba contra los muros invencibles y arrogantes, causando estragos en sus caras bonitas y enmascaradas. Quebrando esas líneas inexpresivas y sombrías de los que creen saberlo todo y en realidad no saben nada.

El aire se quejaba de dolor por los golpes secos que Bailarina le proyectaba. Su rabia se iba desatando y pellizcaba al viento que se colaba por entre su pelo. Lo hacía sufrir tanto que lloraba como un niño pequeño. Su mayor aliado pretendía dejarla colgada y Bailarina no estaba dispuesta a dejarlo marchar sin que le diese ningún tipo de explicación. Todos esos años danzantes no podían morir sin más.

Se fue, dejándola a su merced.

Y ella explotó, y creó una espiral de desconcierto. Caótica y rápida, una de esas que desciende a velocidades inalcanzables y se estampa contra el suelo destrozando todo a su paso. De esas que solo siembra destrucción por todos los rincones.

Así era ella, así lo tenía guardado en su interior y así se lo enseñaba al mundo.

Bailarina dejó de ser esa cosa dulce y malcriada para convertirse en una pesadilla constante.



Se lo tenía merecido.